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![]() Lo Incómodo del Lenguaje Políticamente Correcto Acabo de pasar por una escuela Primaria que tenía una manta cuyo mensaje se resumía a esto: que el respeto y el diálogo eran la única manera de lograr acuerdos y dirimir diferencias. Recuerdo que cuando yo estaba en Primaria, en clases de civismo y tal nos enseñaban algo llamado respeto, pero de manera teórica, nunca nadie lo pudo atajar de manera práctica, era una cuestión más o menos dogmática, o creías o no creías en algo así como el respeto, y ello te llevaba a más o menos ejercerlo. El respeto era algo oscuro y poco claro, pero ciertamente importante, era una especie de honor, de logro cívico-social. Hoy día se ha hablado tanto de respeto, y de diálogo, y de tolerancia; de México y de las Instituciones; de la paz y la violencia; y quienes más han abusado de estas palabras son precisamente aquellos que ejercen la mayor violencia, ideológica, verbal y política contra sus adversarios, el tipo de personas que como argumentaciones utilizan descalificaciones. Esos cobardes que en el discurso plantean una posición francamente deseable pero que en los hechos demuestran lo contrario, demostrando no sólo una doble moralidad evidenciada en la contradicción entre lo que dicen y lo que hacen, sino también su propósito de sólo servirse del lenguaje como un medio para alcanzar otros fines y no como una muestra verdadera de su pensamiento. La incomodidad que me produce este abuso de las palabras es la apelación que hacen a la autoridad de las puras palabras sin la responsabilidad de respaldarlas con su comportamiento o sus creencias. Como si fuera suficiente sólo hablar y demostrar que estos vocablos son parte de nuestra jerga cotidiana. Pero el error no puede ser más claro, estas palabras más bien impelen o invitan a una forma de comportarse y de ser determinada, pero uno mismo con uno mismo, no es una palabra que se use para “invitar” al “diálogo” a los “violentos” porque los “pacíficos” ya “están” en él, en todo caso el “pacífico” “dialoga” sin imponerle nada al “violento” y esto es lo que marcaría en todo caso un cambio en la actitud del otro. El problema está justamente en esa disociación de las palabras y las acciones, pues el discurso permite ambigüedades, tiene recursos para suavizar lo más crudo y para fortalecer las expresiones mas débiles. Las acciones no, se llevan acabo, acontecen y no hay posibilidad de interpretarlas, por un lado, dejan una impresión clara y precisa, al menos originalmente, después, porque según pasa el tiempo la acción misma se convierte en una especie de pieza arqueológica de la convivencia entre personas en cuanto se convierte en el “pasado”. El problema es que las acciones, tanto como el lenguaje modifican los escenarios del presente, todo lo dicho y hecho en el pasado configuran el momento presente. Es una irresponsabilidad decir después de un proceso electoral que toda la campaña de odio y miedo, de mentiras y de propaganda del peor gusto era solo un medio para obtener algo muy específico como la presidencia, siendo que esta misma campaña crispó los ánimos y dividió al país. Es sumamente irresponsable ahora hablar de diálogo, y concordia y de paz -sobre todo donde no ha habido, y muy seguramente no habrá una confrontación fuerte-, por aquellos que son justamente los que dicen por un lado algo y en la realidad, en las acciones de todos los días, en su comportamiento con los prójimos, están en el polo contrario. Es irresponsable seguir abusando del lenguaje y de los conceptos, sobre todo por parte de quienes no tienen la mínima intención de hacer realidad lo que dicen, y que son los primeros en faltar a la ley, a las instituciones, a la comunidad en la que viven, a las personas con las que conviven diariamente, aquellos que no han entendido que los puestos de gobierno son de servidores públicos y no para servirse del público. La falta de verdadera vocación de los políticos mexicanos es un asunto muy aparte que no abordaré aquí. Mi conclusión es esta: el problema de este tipo de abusos del lenguaje, y de la flagrante contradicción entre lo que dicen y lo que hacen es no sólo una muestra de una doble moral fehaciente, el problema es más profundo y es una herencia a las siguientes generaciones de mexicanos, el vacío del lenguaje. Ante el uso y abuso de las palabras y conceptos, en frases repetidas y movilizadas como moneda de cambio, desgasta y pierde el sentido y la profundidad del lenguaje, se vuelven expresiones vacías, se vuelven palabras cuyo significado queda desplazado y se vuelven fórmulas para justificar o alcanzar determinados fines. Se convierten en una falacia, una apelación a los sentimientos o simple y llanamente una desautorización del adversario, un supuesto “poner” en evidencia la actitud negativa del interlocutor –primer paso para anular de hecho, todo diálogo posible-, es como una falacia ad ignorantia sumada a una falacia ad hominem, pues recae sobre la calidad moral del interlocutor ahora convertido en adversario y se alza como única autoridad pseudo-moral para acudir a estas palabras y expresiones, aun cuando en la práctica no los tome realmente en cuenta. Lo realmente preocupante es el vacío que infecta y absorbe las palabras y los conceptos, los vuelve fórmulas maniqueas que no tienen mayor sentido que convertirse sólo en herramientas, sólo en medios para alcanzar fines políticamente incorrectos o moralmente cuestionables, como el ataque directo a la reputación de los adversarios o de los interlocutores y nunca presentar propiamente dicho una propuesta política concreta. El malestar que me produce este abuso es como el de quien atestigua el comienzo de un descenso y ve cómo se acelera poco a poco el proceso y es más difícil detenerlo. El lenguaje “políticamente correcto” como se le suele llamar a la forma de hablar que suaviza las expresiones y hace de la crítica un ejercicio más bien de descalificación es una forma de lenguaje cobarde, que se escuda en eufemismos y fórmulas retóricas para atacar y denostar. Nunca habrá mejor manera de expresar las ideas y los conceptos, así como las opiniones y las criticas que plantearlas de manera seria y con rigor, con claridad y directas, sin vueltas y desviaciones innecesarias. El peligro visible en la imposición de este lenguaje “políticamente correcto” es el denunciado por Orwell en su novela 1984, donde el idioma y sus diversos matices intencionales es sustituido poco a poco por una forma novedosa completamente controlada y sesgada, de instrucciones y repeticiones pero carente del componente lúdico y re-creativo, o digámoslo así: recreador, dialéctico, como diálogo que se innova y se mejora a sí mismo constantemente. En este último año hemos visto cómo en los medios de comunicación tanto electrónicos como impresos se ha instaurado esa política de explotación y sobre explotación de expresiones supuestamente conciliadoras y pacíficas pero que en realidad contienen ataques velados contra los opositores o los contrincantes políticos. Atestiguamos durante casi 8 meses cómo esta forma de establecer una pseudo comunicación terminó por encubrir y vencer al verdadero diálogo. Si es posible aniquilar discursivamente a un adversario político, lo será también para cualquier otro interlocutor, perdemos la posibilidad del dialogo ahí donde por principio esté esta dado por equivocado, violento y obtuso. El lenguaje es un recurso móvil, incluso lo podemos pensar como una entidad, está vivo, se desarrolla conforme los hablantes lo utilizan y enriquecen en expresiones. Sujetarse, o limitarse a una serie de expresiones consideradas “correctas” da un sesgo determinante al lenguaje, lo conduce por el sendero de la ideología dominante que impone esta “corrección” o que funge como elemento “correctivo”, ello trae consigo la restricción de los juegos del lenguaje propios de un idioma vivo, la renovación e innovación desde el uso cotidiano de los hablantes, que pueden, o deberían expresar libremente sin atender a una norma establecida. Los juegos del lenguaje son parte medular del mismo, lo construyen y deconstruyen según el uso del mismo en cada faceta de la vida cotidiana de la comunidad de hablantes. El problema con el lenguaje “políticamente correcto” es que no transforma, ni reconstruye el lenguaje, no plantea nuevos significados para viejas expresiones ni rescata viejos sentidos en nuevas expresiones, simplemente acota el lenguaje, lo vacía y les dota el valor de piezas intercambiables en un juego más tenebroso: la destrucción del diálogo mismo Las expresiones abusadas y “corregidas” son ahora una especie de moneda expresiva de cambio pero no de intercambio.texto: José Ignacio Bazán ilustración: Alfredo Sánchez-Bedolla ![]() |
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