pleca
Yo era Rebelde
Es oficial: la revolución ha muerto. Trajeron los resultados de la necropsia y como habíamos predicho, la causa de muerte fue el establecimiento.

Establecerse es quedarse quieto, es perderte el mundo en un bostezo. Y de eso se murió la pobrecita, de aburrición.

Transcurrían los setenta bien a gusto, después de una decada hippie (los hippies siempre han sido aburridos, y si no vean las carotas de los que se ponen en Coyoacán), apenas llegaba la diversión: píldoras anticonceptivas, alucinógenos, dinero por doquier, ¿ya mencioné los alucinógenos?

En fin, transcurrían, y por ahí del final, un sonidito medio pegajoso pero molesto explotaba las bocinas de los clubs privados, la chaviza que estaba de onda bailaba sobre plataformas (no petroleras) y acampanados (sus pantalones, no ellos). Estrobos, esferas de espejos, cocaína…

Qué hueva.

Así que ahuevados y hartos, unos rebels, o sea geeks, o sea nerds, o sea ñoños, se apoderaron del mundo. A la mierda con esos vejetes, yo quiero rock –dijeron- vamos a tocar la música que nos gusta, aunque no sepamos tocar ni madres.

Y así lo hicieron, dicen los anales del Rock (dije anales, je) y así empezó el Punk, directito de los barrios intelectuales de Nueva York. Los Ramones, Talking Heads, Blondie, Television, iban creando el movimiento más importante en la música y la moda de finales del siglo XX sin saberlo. Ahí lo botaron, pura diversión, exportada al resto del mundo vía Inglaterra, con los Sex Pistols echándose porras ellos solitos.

Y de ahí pa’cá, los estoperoles, las rolas de dos minutos y tres acordes, las falditas escocesas, las Martens, los mohawks, los Converse, los aretes en la nariz (y demás finos lugares), el escándalo, el pelo pintado, los mosh pits, los seguritos en la ropa, los pins, las guitarras distorsionadas y demás poses pobretonas vienen anunciando la rebeldía en el mundo.

¿Te cae? ¡Yo creía que anunciaban Diesel, weh!

Ahí está el Johnny Rotten, fracaso tras fracaso, mientras Anahí se deshace la corbata y muestra sus dientitos falsitos para ganar unos millones. Ahí yace Ian Curtis, pobre niño triste, mientras el mundo se plagia sus convulsiones epilépticas. “Ay, baila de pelos” hubiera dicho alguna niña de la Bershka, mientras el desgraciado se mordía la lengua en el escenario. Ahí junto a él, Arthur Russell (ese-vato-quién-es) se echa un coctel de retrovirales inútil, mientras Moenia se echa otra vez el veneno ese de ‘no sería así, no sería así’.

Pero así es, la autopsia es concluyente. Se murió. Se finiquitó. Dejó de ser. Expiró y fue a conocer a su Creador. Es una exrebeldía que ahora es nombre de telenovela. Cuando la inteligencia había ganado, carajo, que vienen los trajes y nos la roban otra vez. MTV debe apestar a cloaca, porque se ponen la misma ropa todo el año esos ejecutivos, el mismo traje gris (más bien 365 trajes Armani igualitos, como el de Gargamel) todos los días, la misma sonrisa pendejera: “tenemos un trato”.

He aquí el trato: Ustedes se quedan con sus empresas de millones de dólares, con su música de pianito Casio, sus grandes estrellas aulladoras, su rebeldía.

Yo me voy con los nerds otra vez. Al fin que ahora la rebeldía y la onda son las cosas  calladas y bonitas. Y eso… eso a ustedes no les gusta.

texto: Emmanuel Caballero
ilustración: Derzu Campos