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Banksy vs. Obey, ¿Rebelión u obediencia?

Ok, este no será un comentario objetivo. De entrada les aclaro que estoy a favor del trabajo de Banksy y decepcionado por el camino que tomó Shepard Fairey. Trato de mostrar aquí dos casos ejemplares de lo que es tomar una actitud rebelde y mantenerla, o al contrario, hacer como que se es rebelde y volverse millonario engañando a la banda.

Como saben, estos dos artistas son considerados como los “maestros” del graffiti y los responsables de convertirlo en un  fenómeno mundial y  del mainstream (ahora todo mundo que se digne de considerarse “in”, hace sus estampitas con dibujitos chistosones y los pega por todas partes), además de llevar la idea de la rebelión y el cuestionamiento de las estructuras sociales a niveles masivos y fáciles de entender.

Antes de este boom derivado en moda, ambos concibieron la idea de la fenomenología aplicada al arte callejero (o street art) como una manera de que la gente tuviera una experiencia de  extrañamiento, cuestionamiento y  posible autoreflexión  ante imágenes subversivas que impulsaran este mecanismo. La fenomenología es una de las disciplinas de la filosofía que se refiere a los entes mismos, a los objetos, a lo inmediato, al entorno cotidiano como forma de descubrir la estructura última de la realidad; pasar del ente al ser y no al revés, como sucede con la metafísica.

Aplicada al campo de los mensajes visuales (y apoyándose en teorías de semiótica como en la famosa frase de McLuhan “el medio es el mensaje”) se trata en cierto sentido de una re-ubicación y atención al ambiente que nos rodea por medio de la estimulación visual. Aquí es donde comienzan las diferencias entre ambos creadores.  Mientras que Obey -su nombre es Shepard Fairey, pero utilizo aquí su “firma” - define claramente sus imágenes como carentes de mensaje, “sin un significado claro”; es decir: que es pura imagen y puro placer y estímulo visual, Banksy es claramente político en sus mensajes, cuestionando todas las estructuras que conforman a la sociedad.

Esto se explica por el enfoque que cada uno da a su obra. Obey se trata de una emulación “subversiva” de las estrategias propagandísticas, como una especie de campaña publicitaria sin ningún mensaje mas que el llamar la atención sobre dichos mecanismos y cuestionar así los mensajes publicitarios que recibimos inconscientemente a diario (Obey caería posteriormente en su propia trampa como explicaré más adelante). Banksy, por otra parte siempre tiene una intención abiertamente desafiante, haciendo uso de diversos medios para atacar al  “sistema” (por ingenuo que se lea), de hecho me recuerda mucho de lo que en su momento hacia Duchamp como una forma de “anti-arte”; aunque Banksy casi siempre recurre al uso del stencil.

Hay que decir que este tipo de discurso al que los dos recurren ya tenía antecedentes en el mundo del arte, sobre todo en su etapa posmodernista (en los 80); como pueden ser las imágenes de Barbara Kruger, que utiliza el lenguaje publicitario de manera subversiva (“No eres tú mismo”); o los mensajes en camisetas, carteles o marquesinas de Jenny Holzer (“protégeme de lo que deseo”); e incluso mas atrás en la obra gráfica de Victor Burgin (“¿Qué significa posesión para ti?”), allá en los tiempos del arte conceptual (los 70).

Obey comenzó como una broma entre la comunidad skater de Providence, cuando Shepard Fairey, al buscar imágenes para estampas para repartir entre sus amigos, se encontró con la imagen de Andre The Giant (un luchador francés bastante feo) que reprodujo y pegó por todos lados, comenzando así lo que sería el fenómeno de Giant y después el Obey (ya que el nombre y la imagen de Giant ya estaba registrado). La imagen se fue estilizando al tiempo que su proyección internacional (ya en los 90 se podían ver sus estampas en Japón o en el D. F.) y terminó siendo un híbrido entre las estrategias propagandísticas de la U.R.S.S. y la publicidad de las sociedades consumistas, utilizando iconos  mundiales como Mao, el trilladísimo Che, Soldados Vietnamitas, Lenin, Stalin, Marcos, Bush, Nixon, los Black Panthers, Tupac, Warhol, y así.

Sí, hay parte de su trabajo que tiene un mensaje mas claro, por lo general político, antibelicista y anticonsumista. Pero su recurrencia al cliché hace que se pierda entre las miles de imágenes “iguales” entre ellas, como el uso lamentable que están haciendo marcas de ropa (Furor, Diesel, etc) de dichos iconos mundiales (bueno, lo del Che ya es el colmo del abuso). Mas allá de que haya copiado los carteles de la Rusia comunista o se haya basado en ellos para su trabajo, la neta es que el tipo sí es un plagiador en el peor sentido de la palabra; digo, está chida la idea de Picasso de que los genios roban (mas en un sentido de inspiración), pero esto es el colmo…El güey de plano copió literalmente los diseños de Erik Brunetti para FUCT (una leyenda en marcas skate). ¿Fusil descarado u homenaje sin crédito? Mmmm huele a rebeldía empaquetada para niños-bien cosecha 1995.

Banksy (de quién se desconoce su verdadera identidad) comenzó a pintar grafiti en Bristol a los 14, fusionándolo después con el uso del stencil que se convertiría en su sello distintivo. Comenzó a llamar la atención por sus imágenes provocativas de colegialas cargando bombas como si fueran osos de peluche, o la Mona Lisa con un lanza misiles, pasando por simios con letreros que dicen “rían ahora pero algún día estaremos a cargo”, rebeldes a punto de lanzar no una bomba molotov sino un ramo de flores, sus famosos escuadrones de ratas o niñas con máscaras de gas. Sí, también carteles del Che usando lentes oscuros, pero aunque recurre al ya citado cliché, no lo hace con ningún afán de lucro y mas bien lo que intenta es poner en evidencia el abuso que se ha hecho de esa imagen y la ignorancia que hay sobre el personaje (¿Alguien sabe quien tomó la foto original del Ché?)

¿Clichés o chistes facilones? Puede ser, mas creo que a lo largo del tiempo ha ido desarrollando su discurso y sus imágenes se han vuelto cada vez mas subversivas e interesantes, como puede ser el caso de los granaderos con cabezas de happy face; un hombre dominado por un grupo de agentes que tiene una brocha en la mano que acaba de escribir en el muro “Luché contra la ley y gané”; una pareja de bobbies londinenses en pleno beso apasionado; un letrero bajo algún un anuncio publicitario que dice “Otro estúpido anuncio”; o la frase “Abandone toda esperanza ( de 9am a 5pm)”; o ser tan osado (o idiota) como para meterse a la celda del elefante en el zoológico y pintar un globo con la frase “Quiero salir. Este lugar es demasiado frío. El cuidador huele mal. Aburrido, aburrido, aburrido” como si fuera el mismo animal hablando.

Hay aquí, a diferencia de Obey, un claro mensaje que busca la empatía de la gente y un cuestionamiento directo a las instituciones y normas que damos por sentado; aquí no hay tiempo para ambigüedades ni refinamientos gráficos, el mensaje es más importante que la imagen, o por lo menos igual de relevante.

Bueno, ¿y a donde quiero llegar con todo esto? Para entender las distintas posturas que ambos han tomado, que en un principio parecieran similares, hay que ver en que punto se encuentran en este momento y hacia donde parecen dirigirse.

Obey se ha convertido en una marca, así tal cual. Ahora el güey te vende sus estampas a $7 dólares el paquete (cuando antes te las enviaba gratis), tiene marca de ropa (Obey Clothing), libretas, pins, imanes (“los imanes son chidos, así que ¿por qué no pones uno en tu refri? A solo $1 dólar”). Incluso una línea de juguetes de diseñador (esta moda que no acaba de convencerme) que cuenta con el KidRobot, los Monsters of the Underground, o el Stealth Bomber, que como le contó a Perry Farrel en una entrevista, es el que se encarga de bombardear “el mundo grafiti”; por no decir de carteles con la frase “Éste es tu Dios” (a $25 dólares), emulando el diseño del preciado papel moneda (parece que Obey ya solo ve billetes y por eso ahora los reproduce).

Obey expone su obra en las galerías mas prestigiadas del mundo -aquí expuso carteles el año pasado en el Carrillo Gil en la exposición “Libertad Duradera, aplican restricciones”- y se ha convertido en una figura pública, la fama lo ha alcanzado. No se le puede criticar vivir de lo que le gusta (todos quisiéramos eso), pero creo que se encuentra en el punto límite entre venderse en el peor sentido de la palabra, o mantener cierto espíritu de independencia y rebeldía que tenía cuando empezó (aunque tal vez nunca fue su idea, habría que preguntarle).

Banksy se encuentra en un momento de expansión creativa. Ya no sólo pinta grafitis en los muros de Londres; ha ido desde San Cristobal de las Casas a pintar murales en apoyo al EZLN (¿cliché?); hasta el muro israelí en Palestina donde pintó entre otras cosas, una escalera apoyada en la pared y una parte del muro destruido con niños jugando.

También hace uso de otras técnicas creativas y temas distintos como introducir pinturas o esculturas alteradas o creadas por el mismo en galerías y museos sin que nadie se dé cuenta y pasen como parte de la exposición; como es el caso de una pintura “primitiva” con un cazador con un carrito de compras en el British Museum, el retrato de un militar con un bote de spray en la mano y grafiti anti-guerra en el fondo en el museo de Brooklyn, o una pintura paisajista en el Tate mostrando árboles rodeados de cinta de policía con todo y tarjeta donde se leía:

“Banksy 1975. La policía de UK ha arruinado el campo para todos nosotros. 2003. Óleo sobre lienzo. Esta nueva adquisición es un bello ejemplo del estilo neo-post-idiótico”.
También altera pinturas de artistas consagrados como el “estanque de lirios” de Monet, poniendo basura en el río bajo el puente; el girasol de Van Gogh con las flores marchitas, o un hooligan destruyendo la tranquilidad del Café en “Aves Nocturnas” de Hopper. Sus últimas “bromas” han sido las de reemplazar 500 copias del disco debut de Paris Hilton con imágenes alteradas por él (reemplazó la cabeza de Paris por la de su perro Chihuaha) con remixes de Danger Mouse; y re-titular las canciones con nombres como “¿Por qué soy famosa?”, “¿Qué he hecho?”, “¿Para que sirvo?”; y lograr colocar un maniquí vestido como los prisioneros de Guantánamo en una de las montañas rusas de Disneylandia; siempre manteniendo el anonimato por cuestiones de seguridad personal (teme que la policía lo atrape).

Sin embargo, aunque mantenga actitudes rebeldes como el no considerarse artista por la connotación y alienación del término o no vender camisetas por sentir que estaría haciendo lo mismo que las campañas publicitarias de las marcas de ropa, sí hay una parte de su obra que llega a vender hasta en $ 80000 dólares, lo que ha hecho que muchos empiecen a desconfiar de su “rebeldía” y hasta lo empiecen a llamar “vendido”. El caso de Cristina Aguilera, que le pagó €36000 por una obra de la Reina de Inglaterra en plan lesbiano sólo ha ayudado a aumentar la polémica.

Como sea, Banksy ha seguido manteniendo una actitud de rebeldía, irreverencia y subversión que poco a poco comienza a adquirir renombre en el mainstream; habrá que ver si logra mantenerla o termina lanzando su marca de ropa y juguetes “haz de la rebelión un arte”. Y la misma reflexión nos deberíamos hacer aquí en MonoCorp.

texto: Derzu Campos